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DIEZ DISCOS OCHENTEROS DE LA PUTA MADRE, PERO QUE A LA FECHA NO ESTÁN EN SPOTIFY

Imagen decorativa. Foto original tomada el 26 de marzo de 2022.

Para inaugurar esta sección aquí les mostraré una lista de 10 álbumes que lo más probable es que ni en pelea de perros se conozca ni hasta el amigo más nerd los haya tenido en su lista, solo los locos alcanzan este nivel de exquisitez, buscan estas joyas, particularmente por el sonido característico de los ochentas, donde o bien mandan los sintetizadores o las guitarras con distorsión, a la par de letras profundas para mirar al vacío y reflexionar, o con mensajes subliminales para hacer varios ensayos y averiguar el porqué de la letra, o, por qué no, para marcar el ritmo en una buena fiesta. Aquí vamos:

1. New Lines (1980) de la banda belga Machiavel.

El Tri es una banda de rock mexicano, fundada y liderada por Este disco contiene 10 canciones e inicia con una canción atrevida, una que puede delinear a una adolescencia que se abre paso a una era con la tecnología avanzando a pasos agresivos, la canción “Fly” (Vuela). Le sigue en cuanto a mejor canción la balada rockera “Fade Away” (Desvanecerse), una canción que con un coro simple puede fabricar una melancolía lo suficiente como para traer un recuerdo quizá marcado por la tristerza. Es la última canción y finaliza con un solo desgarrador, capaz de enfríar esos momentos tristes rescatados con la canción. 

2. Dumb Waiters (1980) de la banda británica The Korgis.

Este disco puede que sí tenga algo de recuerdo por el hecho de que contiene la poderosa balada “Everybody’s Got To Learn Sometime” (Todos tienen que aprender en algún momento). En general, el disco está cargado por una fuerte influencia Beatle (ritmos simples para que peguen y los coros armoniosos) como discos también de esa fecha como el From A to B de New Musik o el True Colors de Split Enz. Esa canción, supuesto “One hit wonder”, tiene una carga melancólica tan fuerte que basta para encajar en una letra corta que con una oración nos deja marcados: “Necesito tu amor, como la luz del sol”.

3. One by One (1981) de la banda belga Scooter.

Al igual que muchos grupos ochentosos que solo nos dejaron tres discos en su trayectoria musical, como el caso de New Musik de Tony Mansfield, Scooter hizo lo suyo con tres discos publicados sucesivamente, siendo el primero One by One (Uno a uno). Resalta la voz del vocalista Piet Van den Heuvel que para nosotros los sudacas puede parecernos un timbre silimar al del baladista argentino Orlando Netti. A la voz de Piet se suma la guitarra de Jan Fraeyman con unos arpegios buenazos como el de Tatto Turkey o con punteos simples y pegadizos como el de Fingerprints, o una combinación excelente como en  Beggars Can’t Be Choosers. 

El sonido propio de Scooter se cierra con el poderoso bajo de Jo Duchateau, con el nivel de sonido para bajo propio de un grupo ochentero. Por último, está Pit Verlinde en los teclados y Herwing Duchateau en la batería, con bueno sonidos, pero con arreglos del productor insuficientes como para tenerr el protagonismo de los tres primeros.

Para mí, destacan las tres primeras canciones, luego seguiría la “hardcore” Peppermint Girl (que es la que cierra el disco), seguida de All You Gotta Do (que incluye un saxo) por la sensación de intriga o nostalgia que transmite, luego Eight Days A Week (el punteo en la guitarra me hace recordar a Esta es la noche de Feiser), finalmente Don’t Look Back. El resto de la lista también son buenas, aunque no mis favoritas, por la evidente influencia Beatle

El sonido me traslada a una pizzería de los ochenta, con una rockola tocando los temas de Scooter.

4. Facing Fate (1981) de la banda belga The Bet.

El título del disco (Enfrentando al destino) puede parecer abrir la puerta a una serie de canciones densas u oscuras que transmiten el desahogo o lamento de sus autores, a la par que la portada del álbum muestra una mirilla como quien el artista quiere estar atento a lo que siente el oyente. Pero lo que nos muestran es un álbum con un diseño musical de rock alternativo, pero conservando elementos de los ochentas, como el bajo poderoso, el eco de una guitarra con poca distorsión pero acomodada para la época, y una batería profunda. A esto hay que sumarle la voz de Mark Vanhie que cuando la escuchamos imaginamos la voz de un Sting solista.

La canción que destaca es Don’t Talk To The Liar (No le hables al mentiroso), una balada que tiene una mezcla perfecta entre el sonido del rock alternativo y el sonido ochentoso que a muchos nos gusta, con ese efecto de un teclado que da la atmósfera nostáliga necesaria, una voz suave y una guitarra sin muchos efectos, que nos transporta a un sábado relajado, sin mayores problemas, escuchando música o pensando en cualquier cosa. 

Aunque la canción, tiene al menos un mensaje que, entre opiniones, puede haber consejo se trata de ello: una chica que enfrenta la ruptura de una relación y que trás lo terrible que puede ser ese evento, puede caer en los brazos de cualquiera, de los muchos que aguardan con aparentes buenas intenciones pero que “están mintiendo todo el tiempo”.

De este álbum destaco, por la voz, la guitarra y la atmósfera, las canciones Senorita’s Crying, Who Likes Your Heels In The Dark, Fools Night, Who Takes The Long Way Home, You Don’t Have What I Need y la instrumental Concorde que con esos ecos nos llevan a esa fascinante época. Como algo curioso, podemos afirmar que You Don’t Have What I Need tiene un arpegio similar a la posterior canción de Back On The Chain Gang de The Pretenders ¿será que escucharon a The Bet?

5. Add Water (1985) del cantante y compositor canadiense Ian Thomas.

Cuando se busca en Youtube sobre Ian Thomas tenemos muchos comentarios que coinciden en que es un artista criminalmente poco valorado y que ha pasado desapercibido en los ochentas, y que no han sido suficientes los reconocimientos de figuras populares como Santana que destaca la buena capacidad de composición de este canadiense que ahí vemos echado en una tina.

Para mí, este álbum con su sonido es capaz de transportarte a una época de verano de 1985, con una atmósfera y arreglos de eco característicos de los ochentas, y con unas canciones tan variadas que hacen a este un álbum “completo” o que resume gran parte del sonido de Ian Thomas.

De este álbum destaco las siguientes canciones: Freedom Of A Young Heart (por su serenidad y atmosfera ochentera) que es la canción que inicia el disco y que por alguna razón, más allá del título, me hace recordar a The Story of a Young Heart (1984) de A Flock of Seagulls, Harmony (buen pop rock) ¡un temón, carajo!, con una letra de crítica política del cual rescato un extracto para dar muestra de lo buen compositor que es Ian Thomas: “No me gusta el sistema, demasiados problemas, escucho muchas conversaciones, nadie piensa, Escucha al hombre común, a él no le importa un carajo, Solo tratando de ganarse la vida, lo mejor que puede, Armonía, lo que todo el mundo quiere, Armonía, lo que quiere la gente común…” y con un videoclip al estilo de Rocky Horror Picture Show o para nosotros los sudacas al estilo de No Me Dejan Salir de Charly García.

También me gustan de este álbum The Same Colour Eyes (bien guitarrera), Touch Me (arpegio con sonido ochentero), y la mejor, para mí, The Tuck Position, su arpegio es similar a Lo que tú y yo sabemos de Nacha Pop, también del mismo año, pero lo que más resalta es esa atmósfera achontera surgida de esa combinación entre guitarra y sintetizador y capaz de arrimarte a los brazos de la nostalgia. 

6. Dream Of Ordinary Man (1986) de la banda australiana Dragon

Siempre me ha disgustado las “listas oficiales”, “rankings”, “las top”, o peor aún “la Billboard”. Y reniego porque me parece un pecado mortal o hasta un crimen en la historia de la música que ninguna de las canciones de este álbum haya tenido protagonismo en las listas populares de 1986 o en la de 1987, ya tanta cosa. Lista que tuvo como primer lugar a una canción aburrídisima como “Walk Like An Egyptian” y que ni siquiera es del año mismo (ya que es de 1986) teniendo The Bangles mejores canciones en ese álbum como In a Different Light.

Dejando de lado esa reseña, debemos mencionar que la banda australiana Dragon ya se había popularizado en radios y TV con Rain (1984) y además que con ese álbum, Body and The Beat, había mostrado que sí es posible tener una lista con canciones rockeronas ochenteras, a diferencia de otros álbumes donde solo se quedan en una canción movida mientras el resto es alternativo, reggae o balada lo que de cierta forma malogra el panorama del álbum. 

Y tuvieron tan mala suerte los australianos estos, tuvo que pasar algo en los representantes, promotores o la disquera que venía trabajando con Dragon para que la popularidad de la banda entre en caída libre y termine bajo la sombra de artistas que hicieron lo suyo en 1986 o con un disco que prácticamente “no existe” para el ambiente musical ochentero, pues poco se destaca de este a pesar de que todas, sí, todas, y sin exagerar, las canciones son excelentes.

Y es que este álbum “Los sueños de los hombres ordinarios” logra un equilibrio entre la verdadera canción rockera ochentera y la balada, tan así que su canción Speak No Evil sí merece ser destacada como una canción de rock clásico ochentero dentro de las mejores de la época y cómo no, de los mismos ochentas. Sin abuso de sintetizadores, sin mucho eco, con una voz potente pero moderada acompañada de una guitarra electríca limpia. Siendo el “clímax” de la canción la del estribillo “So they put us through schoo-ool, And kept us clothed and fed, We went swimmin’ in summer, Rememberin’ what mama said, Then we moved into town, Saw those people messin’ around” para cerrar con broche de oro, un excitante solo de guitarra.

Insisto, todas las canciones del álbum son excelentes, pero si tuviera que afrontar el reto de escoger unas cuantas, me quedaría con, aparte de Speak No Evil, Westen Girls, Intensitive Care, Temptation, When I’m Gone, y la hermosa, melancólica, densa y mágica balada Smoke, que tiene el poder de proyectar presagios, con ese coro poderoso de “…No hay humo, humo sin fuego; no hay esperanza, esperanza sin deseo…”. Baladón como ningún otro.

7. Chasing Shadows (1986) de la banda inglesa The Comsat Angels

Muchos piensan que la New Wave era la música que marcaba la hora en los ochenta, no obstante, casi siempre caía vencida frente al pop, el hard rock o al inicio de los ochentas con la música disco. Pero al formarse en el mundo “subte”, relegada por esas pérdidas, pudo generar una corriente que va más allá de los discos únicos o los “One hit wonder”, y eso fue un logro para The Comsat Angels que para 1986 consiguieron resumir el new wave en lo que, más que un álbum, representa un trofeo.

Es el sexto álbum de una agrupación New Wave, y menciono esto porque varios solo llegan al tercer disco, incapaces de adaptarse a las exigencias del mercado o a los sonidos de las nuevas tendencias, pero en este caso The Comsat Angels además de escalar alto en la escena New Wave, a tal punto de que Robert Palmer se declaró fan de ellos, logró una bella balada propia de este tipo de bandas: “Carried Away” (Llevado lejos). Esa atmósfera, generada por los teclados y la guitarra, es la que podemos tener como referencia si queremos recordar esta época y esta corriente musical.

Otras canciones que me gustan de este álbum son The Cutting Edge, You’ll Never Know, Lost Continent y la enérgica Flying Dreams. 

8. Young For a Day (1987) de la banda británica Rouen.

Es cierto que para la música se necesita bastante talento y dedicación, pero es necesario saber que otro requisito que muchos se niegan a reconocer es que el artista necesita tener buenos gestores o empresarios; se reconoce que hay libertad en la creación pero también que debe haber exigencia en la difusión para que grandes obras al menos estén como oasis dentro del mercado popular de la música. 

Y eso es lo que pasó con Rouen. Tan solo tocar la primera canción, con esa singular intro, ya nos deja ver el panorama de este álbum: un disco de la puta madre por donde se le mire. Y sí, la primera canción tiene el sonido característico de una canción de intro de concierto, con una voz ronca pero lo suficientemente juvenil y atractiva como para cantar Joven por un día, unas guitarra con el “delay” necesario para “ochentizar” la melodía. A la que se suma Wheels Are Turning  que cuando una la escucha siente un Déjà vu o que la melodía le pertenece a otra banda o Shake!, dos temones rockerazos.

Para la época de 1987 donde la movida New Wave era petardeada por la entrada en la radio de la música pop al estilo de George Michael o el retorno al rock clásico promovido por bandas como Supertramp o Fleetwood Mac, el álbum de Rouen se muestra como una alternativa de resistencia frente a ello.

Y también destaca Guilt, Shot In The Morning Light, Ordinary Life, incluso tiene una balada instrumental Splash. Lástimosamente, a pesar de que es un disco increíble, por la voz, los instrumentos, los arreglos y lo que se puede entender de la letra, hay poco o nada de referencia de este álbum en la web.

9. The Passenger (1987) de cantante y compositor Melvin James.

Mayormente, al menos por aquí en Sudamérica, vemos que los líderes de las bandas luego haberlas dirigido y llevarlas a la cima, cuando pasan al camino solista se tornan en baladistas o producen música con una intensidad o calibre que se aleja totalmente de sus producciones en banda. Y por eso que la figura del solista en general la tenemos como alguien de música lenta, relajada o como quien le baja los humos a su producción con su anterior grupo.

Pero el caso de Melvin James es sensacional: un único álbum y siendo que su autor no ha tenido mucha fama o ha logrado grandes discos con sus previas bandas (como Crash Street Kids con un único álbum en 1982), que alcanzó el cielo del Power Pop y el Rock ochentero.

Tan solo ver la portada ya nos anima a escuchar el álbum, pues da la apariencia de que es el Soundtrack de una película futurista o de acción propia de la época. El álbum inicia con una balada con arpegio de guitarra característica de los ochentas, y sigue con canciones con un clima propio: We Hear The Thunder, clima universitario, Telephone, hardcore moderado, o las poderosas Twisted, Sugar Candy, Devil With A Halo, y la protagonista y homónima del álbum: Passenger. Para moverse a mil. 

10. Private Motion (1989) del cantante y compositor estadounidense John Warren.

Hay momentos en los que la suerte puede pasar al costado del artista, y este no ser capaz de estimar la obra que estaba creando, y eso fue lo que pasó con John Warren en el último año de la década maravillosa que significó los ochenta.

Este disco, sobre el cual no hay muchas referencias, al parecer fue elaborado en Japón para promover una marca de radio, Pioneer, en ese país de la mano de un videoclip donde se ve a una simpática nipona bailando al ritmo de Private Motion.

Escuchar los poco más de cuatro minutos de esa canción es simplemente excitante. Qué canción por el amor de Dios. Si esta hubiese tenido la promoción que merecía en el mercado musical de esa época, de seguro llegaba al nivel de las baladas Otro día en el paraíso, Sacrificio o Perdida en tus ojos, que ya habría paso a la década de los 90’s donde la balada iba a dar la hora, tanto a nivel anglo como latino. 

Pero el disco no se detiene allí, tiene baladas con toques ochenteros como Higher Power, Turn On The Light, She Is a Friend Of Mine, manteniendo el ritmo movido que ofrece el álbum con Away So Long o Any Day Now.

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