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Hay una luz que nunca se apaga

El Hermanón de Guillermo Thorndike: Las luces antes de las sombras de Ricardo Belmont

En medio del reciente cargamontón -para bien o para mal- hecho al unísono por la prensa local, desde las acusaciones de estafa por las acciones de RBC, los cuestionamientos de su paso por la alcaldía de Lima, hasta sus controvertidas alianzas políticas, hay un Ricardo Belmont hasta 1994, antes de ese callejón oscuro mediático, que está biografiado en el libro El Hermanón de Guillermo Thorndike y que nos aproxima a esa figura que parece incólume ante las voces que pretenden disuadir a sus asiduos votantes.

La familia de Ricardo fue la piedra angular en la construcción de su perfil como persona, empresario y político, empezando por su abuelo Alejandro BELMONT MARQUESADO, cuya audacia fue comprar la famosa Botica Francesa en Lima. La chispa empresarial siguió con el papá de Ricardo, don Augusto BELMONT BAR, quien para continuar con el negocio farmacéutico, montó una imprenta que producía envases y etiquetas que luego mutó a la editorial “Ya”, la cual fue perseguida por la dictadura de Manuel Odría y de ahí surgió esta aleccionadora reflexión: “¿Somos empresarios o periodistas? ¡Somos empresarios!”

Augusto contrajo matrimonio con Cristina CASINELLI INURRITEGUI, un año mayor que él y de ascendencia genovés (italiana) y vasca, que heredó los cabellos rojizos a Ricardo Belmont. Los hijos que tuvo la pareja son -de mayor a menor- Cristina, Augusto, Ricardo y Gonzalo. El progenitor de los Belmont Casinelli tuvo presencia e influencia significativa en la vida de Ricardo “El Colorado”.

Pero la figura que construyó su conexión con el mundo popular -en una sociedad insuperable a los prejuicios como la peruana un pelirrojo de apellido “no peruano” y de familia adinerada no encajaría en esas filas- la constituye Cirilo Condori Huamantingo “El Cholo Cirilo”, el mayordomo de la familia. Fue este caballero, quien lo introdujo a la cultura de la calle llevándolo al Estadio Nacional donde empezó con las vivezas que lo harían entender al peruano de a pie.

En la mansión de los Belmont, el jardín fue fundamental en la formación de esa simpática personalidad, aquí los amigos de Ricardo podían pasar el rato: había un ring de boxeo -deporte que construyó su resiliencia ante los golpes no solamente físicos- hacía de cancha improvisada de fútbol o voleibol, había carreras de bicicletas, hasta fue el lugar de ensayo de la agrupación de música tropical “La 20 y su combo” donde Ricardo tocaba los timbales.

El surgimiento de Canal 11, como uno de los más ambiciosos proyectos de don Augusto, fue un salto a la ruina: habían hipotecado la mansión, perdieron las radios Atalaya y 1160 y lo más penoso: perdieron la droguería, los laboratorios y la cadena de boticas. Encima no había artistas para el canal y la señal requería gastos onerosos. Para rematar: llega Velasco y la dictadura militar termina expropiando dicho medio, pero dejándole con todas las deudas encima.

Ese paréntesis a la democracia que lo había puesto en jaque, impulsó a Ricardo a encargarse del resurgimiento la cadena de radios “Emisoras Nacionales” en la cual instalaría su marca “RBC” donde dos personajes serían clave para su salto a la fama: sus viejos amigos “Melcochita” y el Ronco Román Gámez. Haciendo una terna que sería imbatible en sintonía radial al caracterizar sus noticieros con imitaciones burlonas de políticos.

Poco después, Ricardo Belmont apostó por un formato que terminaría por consolidar su conexión con el sector popular: “Habla El Pueblo”. Copió el estilo de una radio de Miami, con conversaciones en vivo y en directo con los radioyentes, a la sazón de sus cápsulas de “pensamiento positivo” -las famosas pastillas para levantar la moral- el éxito llegó como un rayo. Luego de su paso por Panamericana con “El Cielo es el límite” durante inicio de los 80, retornó a Canal 11 donde era el “broadcaster”.

Con ese perfil, más su protagonismo en la Teletón y su supervivencia tras el intento de asesinato en 1985, participar en una elección con un novísimo partido “Obras” iba a ser pan comido, el resto es historia. Thorndike, quizá para hacer justicia a quien fue su amigo, en la parte final hace unas aclaraciones del momento político de Belmont, recordando una desapercibida moción municipal para rechazar el autogolpe de Fujimori de 1992, juicios antiguos contra la municipalidad que conllevaron a la acumulación de basura en las calles y -de lo que más recuerda su público- y las obras que dejó, teniendo muchos elementos en contra.

(Nota: Estimado amigo lector, la sinopsis de la nota culmina aquí. Lo que sigue es la transcripción parcial del documento principal que sustenta esta publicación y que es propiamente la fuente periodística. No es indispensable su lectura, sino que se añade para facilitar la búsqueda por palabras y para fines académicos y/o periodísticos)

Documento completo del libro El Hermanón de Guillermo Thorndike en su primera edición de julio de 1994, publicado por la Editorial Libre S.R.L. Compartido con fines exclusivamente académicos, todos los derechos reservados a su autor. Trescientos cuarenta y una páginas

Belmont, candidato

A fines del verano de 1989 se había visto sonreír a Belmont en el pequeño estudio de «Habla el Pueblo», tan absorto en sí mismo que parecía haber olvidado la vigilia de las cámaras. Su público asociaba esa distraída sonrisa con las sorpresas que, de tiempo en tiempo, enviaban a Belmont a la más alta orbita de la popularidad. Se hubiera dicho después que consiguió mirar al ojo mismo de cada televidente antes de poner en juego lo que sería la carta maestra de ese proceso electoral.
«¿Qué pensarían ustedes si me presentara a una elección para  disputar un cargo público importante?»
Frente a cincuenta o sesenta mil receptores, la gente enmudeció.  Al cabo de un año, los seguidores de «Habla el Pueblo» habían llegado a ciertos acuerdos: era necesario jugarse, no se podía abandonar el gobierno a los aventureros, los independientes tenían que  unirse. Claro, todo había sido parte de una charla, sin mayor compromiso. Pocos se preocupaban realmente por saber si había llegado  la hora. ¿No había sido un entretenimiento? ¿Acaso no se hablaba de  la patria y del futuro del mismo modo que del fútbol? Sin embargo, la pregunta de Belmont precipitaba a muchos oyentes a la acción.
Formulada por la celebridad que en 1983 había punteado las  encuestas para la Alcaldía de Lima, la pregunta debió electrizar a  quienes ahora aspiraban a conducir los gobiernos locales. Sin embargo tuvo un frío recibimiento: los medios de comunicación se siguieron de largo, los comentaristas le obsequiaron una sonrisa medio  burlona, no se conmovieron las encuestas y sus posibles contendores  no se dieron por enterados, empezando por el Fredemo. Mientras  tanto, la sintonía de «Habla el Pueblo» desbordaba tardes dominadas por la repetición y la grisura. Belmont sabía que no siempre el  interés público se reflejaba en las encuestas. Tampoco esperaba que  otros medios de comunicación se ocupasen de su diálogo con una  muchedumbre sin identificar. Pronto los taxistas, los informales,  las caseras en sus mercadillos, los colectiveros, los que habían dejado  de creer a pesar suyo, toda esa muchedumbre se encargaría de  anunciar que Belmont volvía con una propuesta independiente.
El Perú no era una broma. Se deshacían sus torres de arena, su  pasado de cenizas, sus murallas de barro seco. Se desdibujaba el perfil de sus intenciones y cada vez resultaba más difícil adivinar  si realmente tendría un porvenir.
¿Qué harán ustedes si me presento a una elección?
¿Se jugaba Belmont? No disputaría un cargo pequeño sino un  espacio importante.
Como pocas veces en su existencia, Belmont sintió que se frena- ban los engranajes del tiempo. En el propio estudio, sus colaboradores lo observaban intensamente.
—No estoy anunciando mi candidatura a ningún cargo —aclaró Belmont. Pido la opinión de ustedes porque podría presentarme a una elección importante.
En marzo de 1989, Belmont podía referirse a dos alternativas: el  gobierno municipal de Lima o la presidencia de la república. Una  elección tendría lugar el 12 de noviembre de ese mismo año. La segunda, el 8 de abril de 1990.
Cuando se abrieron los teléfonos, las voces querían saber si Belmont se lanzaría en noviembre o en abril.
—No lo sé, aún no me he decidido. Pero la gente me quiere, me  sigue y me comprende —Belmont escarbó unos papeles hasta que  aparecieron las primeras planas y las carátulas de 1983 que lo habían colocado en la punta de la preferencia cuando Genaro encargó las  encuestas—. Aquí se dice que yo era una fija para ganar las elecciones municipales en Lima. En estos días se vuelve a mencionar  mi nombre. Entonces quiero preguntar a mi público si debo considerar mi ingreso formal a una contienda de gobierno, no vaya a ser  que parezca que me estoy corriendo.
—¿Vas a presentarte como candidato a alcalde? Belmont sonreía al oír las preguntas que entraban por la línea  telefónica. Los más obstinados no se rendían.
—También puede ser la presidencia de la república, ¿no te  parece, Hermanón?
Pronto el Fredemo cumpliría seis meses de vida y a ratos parecía haberse atollado al comienzo del camino. Quieto y grandioso,  tenía que ganar. Lo anunciaban las encuestas, el sentido común, la  inteligencia, el buen gusto. Dicho de otro modo: era imposible que perdiese Vargas Llosa. A veces parecía que dentro del Fredemo se  trabajaba más intensamente en el reparto del futuro gobierno que asegurando la victoria electoral. Se anunciaba tal avalancha de votos detrás de Vargas Llosa, que casi todos los candidatos del mismo bando resultarían elegidos. Para belaundistas y bedoyistas inicia-dos en la política en los años 50 o 60, era la última oportunidad: estaban dispuestos a luchar sangrientamente por ella. Todo se incluía en la interminable negociación: congreso, justicia, ministerios y nuevos superministerios, corporaciones públicas, embajadas, finanzas, deuda externa, la reconstrucción nacional, y, por cierto, la  constante coordinación de los aliados una vez que hubiesen constituido un nuevo gobierno. De otro lado, aunque Vargas Llosa  parecía poner los votos, no estaba francamente al mando, al menos  no con cinco estrellas en las charreteras. Para ser auténtico y temido jefe supremo tendría que pasar primero por las ánforas. Mientras tanto, todos los días era desafiado por Belaúnde, que usaba  todos los artificios y recursos de la teatralidad política para dejar inconcluso lo que convenía a los intereses belaundistas.
La mayoría de quienes ahora se consideraban simpatizantes del  -Fredemo y que en 1983 habían recibido con seriedad las encuestas  ordenadas por Genaro, observaban con desconcierto el crecimiento  del Hermanón. A nadie más que a él podía ocurrírsele preguntar a su propia audiencia si debía o no considerar una candidatura política importante. Sin embargo, sobre RBC Televisión llovían mensajes tele- fónicos y cartas. La mayoría de mujeres no quería que le hicieran  daño. «No te metas, Ricardito, piensa en tu familia, vas a enfrentarte  con gente que no tiene alma.» Juiciosos oyentes admitían que se trataba de una posibilidad interesante. Valía la pena considerarla. ¿Ya se  ha decidido? Aún no, contestaba Belmont, por eso pido consejo.

[…]

 

después

ERA EL 4 DE FEBRERO de 1994 y don Augusto Belmont cumplía  ochenta años. Los hombres de su edad, algunas autoridades, acaso  los invisibles, sólo unos cuantos presentían que ese día habían  empezado a pulular extraños fantasmas, pues no eran almas castigadas sino espectros en transición, que acaso pronto se  transmutarían en electores y a quienes habían forzado a volver sólo Dios sabía hasta cuándo. Esa mañana don Augusto recordó intensamente a Cristina Cassinelli y creyó escuchar una marea de huesos intranquilos. Recordó ese sonido más tarde, cuando se instaló en la mansión ahora amurallada, de día y de noche protegida por fuerzas de seguridad. Aunque su hijo Ricardo seguía viviendo en La Molina, llegaba casi todas las tardes a saludarlo y sostener reuniones, de modo que la mansión conservaba su atmósfera política, la actividad de sus mejores tiempos.
A veces, cuando volvía de trabajar, pues no había estado ocioso una sola semana de su larga vida, don Augusto dejaba su automóvil cerca de la entrada principal. A veces prefería entrar sin ser visto e iba a estacionarse en un garaje, más allá de la piscina, en la parte trasera, donde se abría en toda su amplitud el jardín en el que había contemplado crecer a su descendencia. El día de sus ochenta años, su hija Cuqui y, por cierto, los principales conspiradores, sus  muchachos, habían insistido en recordarle que le harían compañía  en la noche, así que don Augusto no se sorprendió al encontrar la mansión lista para la fiesta, con un tabladillo, toldo y guirnaldas de luces fulgurando en el jardín y las terrazas.
Por suerte las noches refrescaban el bochorno veraniego. Se había  atrasado la estación de las lluvias, pero al fin diluviaba sobre la  cordillera después de casi cinco años de sequía. Al salir temprano  cada mañana, don Augusto miraba en dirección de las montañas.  Ese verano las descubría oscurecidas por nubarrones de lluvia. Al atardecer arremetía el viento sacudiendo las copas de los árboles con tanta fuerza que propagaba una sensación de tormenta. Sin  embargo, aunque se desplomaran aguaceros en las sierras, a Lima rara vez llegaban las lluvias. Don Augusto podía disfrutar a plenitud del aire libre y esa noche, vestido con pantalones blancos, chaqueta azul, una gorra y cierto aire de comodoro informal, fue a sentarse en su sitio predilecto, un rincón de la terraza donde por muchos años había tomado el fresco con Cristina Cassinelli.
El día de sus ochenta años, a solas, don Augusto había repasado lo vivido. Un dolor secreto lo colmó al acordarse de su padre y un dolor dulce, una mezcla de pena y agradecimiento lo visitó al encontrar su memoria a Cristina Cassinelli. Como en un cinematógrafo, don Augusto se complacía en recuerdos como retratos de todo lo feliz. Nada mellaba su espíritu de aventura ni había perdido las ganas de vivir. Pero ahora, a diferencia de otros tiempos, la sabiduría administraba su entusiasmo y observaba con preocupación cómo se acercaban tiempos difíciles, de confrontación y discordia. Ese día supo que para su hijo Ricardo llegaba la hora de tomar grandes decisiones y que la fuerza de los hechos volvería a modificar las vidas de quienes integraban su familia.
El año 1992 había sido uno de los más difíciles en la historia del Perú. Los terroristas hacían detonar bombas de hasta quinientos kilos de dinamita, arrasando calles y dejando barrios enteros a medio destruir. Igualmente grave, desde comienzos de ese año se habían enfrentado el Poder Ejecutivo y el Congreso, generando una división política que amenazaba extenderse a todas las instituciones y a toda la población. Fujimori criticaba la lentitud e indiferencia de los congresistas que, a su vez, querían recortar las facultades presidenciales. Para el presidente de la república, el Congreso era un lujo político en un país que pugnaba por evitar el naufragio. Para los partidos políticos y los líderes tradicionales, Fujimori acumulaba un poder excesivo. Finalmente, el 5 de abril de ese año, el presidente de la república había anunciado por radio y televisión que disolvía el Congreso y desconocía la Constitución de 1979. Consumaba un golpe de estado utilizando toda el poder militar  que tenía a su disposición y, bajo presiones internacionales, había convocado a elecciones para un congreso constituyente democrático  que habría de dar al Perú una nueva carta magna. Había sido una  hora crítica para Belmont, alcalde de una ciudad acosada por los  terroristas. Reaccionando con cautela, había presentado al concejo una moción que deploraba la ruptura del orden constitucional. Aconsejado por la prudencia, quedó a la espera de que cumpliera sus promesas y devolviese la legalidad a un país temporalmente sin constitución.
Don Augusto no olvidaba que en los meses siguientes, mientras  se sucedían conspiraciones contra Fujimori, con Alan García refugiado en Colombia y Mario Vargas Llosa clamando en el  extranjero por sanciones contra su propio país, en esos meses lentos  y terribles, su hijo había contribuido a sostener la indispensable autoridad presidencial. Entonces debía haber prestado importante consejo y compañía al gobernante, pues había trascendido que el alcalde visitaba semanalmente al presidente, que empezó a interesarse en las obras emprendidas por Belmont. La primera andanada de decretos legislativos del gobierno después del golpe había apuntado a fortalecer la guerra interna contra los  movimientos subversivos, estableciendo tribunales militares con  jueces sin rostro y prisión perpetua para los casos de terrorismo.  Ese año, la policía había capturado al jefe de Sendero Luminoso,  Abimael Guzmán, quien después sería presentado con un traje a  rayas, preso en una jaula. Más tarde había fracasado una  conspiración militar contra Fujimori. En diciembre, los fujimoristas alcanzaban mayoría en el nuevo congreso constituyente. En enero de 1993, Belmont había sido reelegido alcalde de Lima con más de la mitad de los votos.
A pesar del desorden y la bancarrota municipal que había  heredado Belmont, la respuesta de los votantes le daba masiva  aprobación. Tenía que haber sido un buen alcalde o no hubiera arrollado a los treinta y ocho candidatos que intentaron oponérsele. El propio Fujimori había detenido una iniciativa proponiendo la candidatura de su esposa a la alcaldía de Lima. El presidente le había dicho que sería recordado como un alcalde constructor. Belmont había logrado terminar un conjunto de tréboles de asfalto e intercambios viales que conformaban la obra municipal más  importante de América Latina durante 1992, aparte de unos  quinientos campos de fulbito, trescientos kilómetros de nuevas avenidas en pueblos jóvenes, las primeras clínicas municipales,  albergues para niños abandonados, ocho complejos deportivos que  contaban con un pequeño estadio y la interminable avenida Universitaria, que conectaba el Cono Norte con el Circuito de Playas.
Las empresas municipales, que Belmont había encontrado trabajando a pérdida, se volvían eficientes en 1993 y la administración de Lima reclamaba continuas victorias sobre el  abandono anterior, desde la recolección de basura hasta el cuidado  de los grandes parques metropolitanos. Sin embargo, lo que estaba por hacerse era igual de importante que lo hecho, pues los expertos  de Obras habían revisado numerosos proyectos y los habían  integrado en un plan que debía servir de llave maestra para abrir el futuro de la ciudad. La gente de Lima perdía hasta tres horas diarias en ir al trabajo y volver a casa y a Belmont lo obsesionaba la urgencia de completar sucesivos anillos viales que facilitaran  para siempre el transporte al interior de la urbe.
A ratos don Augusto sacudía la cabeza, como si hubiese  desaprobado algunos de sus recuerdos y otros le siguieran causando una profunda preocupación. Á lo largo de 1992 su hijo Ricardo había sufrido lo que parecía ser una dolencia cardíaca, aunque finalmente le habían diagnosticado una hernia al diafragma. Al terminar el año se había sometido a una larga y penosa operación, pues tuvieron que entrarle por la espalda, abriéndole las costillas, sólo para descubrir que la cicatriz del balazo había generado  adherencias, una de las cuales atravesaba la hernia e iba a  enroscársele en el corazón. Si aquejado por dolores de infarto el alcalde Belmont había parecido inclinarse por su retiro de la política, tan pronto salió de cirugía había anunciado que iría por la reelección.
En un plazo de semanas había derrotado a candidatos de todos los  partidos, incluido un heredero de Belaúnde, además de Luis Cáceres,  alcalde de Arequipa que intentaba trasladarse a Lima, al que había hecho morder el polvo electoral gracias a un reportaje a los arequipeños, que el propio Belmont realizó con micrófono en la mano, seguido por una cámara de televisión mientras entrevistaba a la gente en las calles acerca de la gestión de su contendor. La grabación concluía con un ataque a pedradas de los matones caceristas y un Belmont con la cabeza ensangrentada, derribado como si hubiese recibido un nocaut.
Don Augusto había aprendido a desconfiar de las victorias, no de las derrotas. En el Perú, las furias no eran atraídas por los perdedores sino por quienes vencían. Su hijo Ricardo, además, escapaba a todo cálculo tradicional, lo que angustiaba a los políticos profesionales. Visto en frío, Belmont era un cruzado que se arriesgaba por tierras incógnitas para combatir a los sarracenos de la política. En verdad era un justiciero, un caballero andante acosado, a finales del milenio, por fantásticos molinos cuyas aspas aullaban a impulsos de la envidia, la discordia y la codicia. Lo preocupaban verdades que parecían haber pasado de moda y en su discurso, a la vez plebeyo y deportivo, asomaban palabras solemnes, inspiradas en valores morales antiguos, francamente distantes de la moral política sudamericana del siglo XX. La repetición de una abrumadora. victoria electoral en Lima había causado secreto desasosiego en don Augusto. Se preocupó aún más al conocer las encuestas que atribuían a su hijo un tercio de las simpatías para la  siguiente elección presidencial. La nueva Constitución de 1993,  aprobada en referéndum por un pelo, permitía la reelección, aunque Fujimori hubiese sido elegido con la Constitución de 1979, que la prohibía y, como la vejez, los escándalos y hasta la falta de  imaginación seguían matando a los partidos políticos, el alcalde de  Lima se dibujaba cada vez con más fuerza como uno de los  principales adversarios para el presidente de la república.
Después de un año de amistosa relación entre presidente y  alcalde, vecinos en la Plaza de Armas, había seguido la frialdad  suprema en 1993. Don Augusto estaba seguro de que su hijo Ricardo había cometido el pecado imperdonable de ganar la reelección y de  haber obligado en la contienda al retiro del candidato oficialista. Según lo veía don Augusto, se había atraído la furia de un  gobernante que, dueño de un arsenal de leyes, códigos y una bien meditada constitución que servía a sus propósitos, árbitro absoluto del gasto fiscal y la utilización de las reservas, también propietario de jueces y tribunales a cuyos integrantes mantenía en la cuerda floja de los nombramientos provisionales, había llegado a controlar los tres poderes del Estado, los mecanismos electorales y hasta el  registro de votantes. Las fuerzas armadas lo seguían dócilmente, con lo que pasaba a ser jefe indirecto de ronderos y civiles movilizados en la lucha contra el terrorismo. Pocas veces en la  historia peruana un solo hombre había acumulado tanto poder como Fujimori. Don Augusto pensaba que el presidente quería ser  de todo: jefe del ejecutivo, legislador único, jefe de la policía, juez supremo, primer constructor y alcalde de todas las ciudades. Ante los ojos de don Augusto aparecía Fujimori como un político decidido a todo, a quien torcían profundas contradicciones, pues se le mostraba capaz de gambitos y audaces juegos políticos y, al  mismo tiempo, apocado por la suspicacia y la posibilidad de la  venganza. ¿Al galope ganaba Belmont su reelección? ¿Seguía siendo alcalde de una ciudad que era escenario de una batalla y un inmenso campamento de refugiados? ¿Era la misma personalidad que había arriesgado un tono de conciliación en las horas difíciles de Fujimori?  Pues gobierno y oficialistas del Congreso cancelaban las rentas  municipales, dividían a los alcaldes distritales, auspiciaban la  bancarrota de la ciudad. ¿La constitución fujimorista sancionaba la  autonomía política, económica y administrativa de los gobiernos locales? Gobierno y oficialistas del Congreso declaraban después la guerra a esa misma autonomía. La Constitución era violada por  sus propios padres.
Asombroso pero común, se decía don Augusto. Aunque al cumplir los ochenta años creía haber visto todo o  casi todo, una sucesión de acontecimientos provocaba estupor en  don Augusto. La municipalidad y el alcalde soportaban el  hostigamiento de los tribunales: existían centenares de juicios en el fuero civil y veinte denuncias penales en contra de Belmont. Habían llegado a embargarle su casa por un juicio contra la ciudad iniciado veinte años atrás. La agencia de inversiones metropolitanas existía bajo perpetua auditoría del gobierno central. Seguían lloviendo demandas sobre el alcalde y su corporación. Suprimían la atribución municipal de decomisar mercadería vendida irregularmente y a la  vez culpaban a la municipalidad de no tener abiertas veredas y  calles principales, invadidas por ambulantes. Nadie podía embargar los bienes y las rentas públicas según la ley; sin embargo, por otra demanda judicial de hacía veintitantos años, un juez había ordenado el embargo de las rentas y hasta de los camiones que recogían  basura. En pleno verano empezaban a crecer muladares callejeros  y en la capital sudamericana del cólera se multiplicaban ratas y alimañas. No obstante, la justicia confirmaba un fallo que afectaba a la salud pública y que, para don Augusto, se debía a una consigna para liquidar, a cualquier precio, el futuro político del alcalde de Lima. A don Augusto lo preocupaba que en ese mundo al revés, el Hermanón, el hijo al que más había aconsejado, el Belmont familiar y también público, quedase expuesto a trampas, miserias, veleidades y traiciones que siempre había aborrecido. Sabía bien que en el país de locos todo era posible, todo podía suceder. Pero nada importaba. Don Augusto había enseñado a su hijo a asumir cualquier clase de dificultad como un reto y a Ricardo lo  apasionaban los riesgos.
Las cavilaciones de don Augusto se disolvieron tan pronto la mansión volvió a llenarse de mujeres y niños. Como un torbellino de animación llegó su hija Cuqui. Seguían sus nueras y sus nietos. A las diez en punto apareció el alcalde de Lima. La mansión, que  tenazmente rehusaba descansar o volverse vieja, se regocijaba al  recibir a hijos y amigos. La parrandera orquesta de Freddy Roland  calentaba los instrumentos. Antes de las nueve, hasta Cirilo Condori  había llegado sólo Dios sabía desde qué lejano destino, con una canasta de quesos serranos que enviaba como regalo el enano Plácido Amigo.
Tan pronto arrancó a tocar la orquesta, el alcalde de Lima puso sus ojos en los timbales. Entonces pensó en el Flaco Jimmy,  preguntándose si sería posible que hubiese olvidado los ochenta años de don Augusto.

 

[…]

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