Siempre me inquieta por qué razón este tipo hacía tantas denuncias sin que aparentemente reciba algo a cambio, ¿qué ganaba con eso si a nadie le interesa eso de “luchar contra la corrupción”? Alguna vez leyó Un mundo feliz de Aldous Huxley y llegó a la parte donde Mustafá Mond le respondía a John el Salvaje: “la civilización no tiene en absoluto necesidad de nobleza ni de heroísmo. Ambas cosas son síntomas de ineficacia política”. Dado que esa sociedad distópica ya tenía todo resuelto y si es que alguna vez el infortunio entrará en escena, dicha comunidad contaba con una droga llamada “soma” para enfrentar las desgracias.
Pero él además entendió que el Perú era peor que una sociedad distópica -no puedo estar más de acuerdo- y con mayor razón, en estas tierras la nobleza y el heroísmo son dos virtudes condenadas a no ser entendidas o en todo caso repudiadas, y si es que hubiera un soma para aliviarnos de nuestras desdichas, esa sería la resignación, en dosis suficientes y por eso somos el país que somos. Y si es que algo de sentido de justicia podía asomarse en la gente que lo rodea y comenta su faena, era uno mínimo o precario. También fue descrita en una sociedad distópica como la de 1984 de George Orwell: a la gente ahí “[…] Solamente se les pedía un patriotismo primitivo”, que “centraban su instinto de rebeldía en quejas sobre insignificancias de la vida cotidiana”.
Yo seguía siempre de forma amable: amigo, ¿por qué insistes en buscar justicia si ya experimentaste que en la facultad de Derecho en San Marcos los intelectuales en ciernes no tienen ni han tenido en los últimos tiempos una parte en su agenda si quiera la palabra justicia? Creo que esa palabra junto con corrupción, deben ser las más obsoletas de la facultad. Pero el hombre me respondía que era porque le gustaba hacer denuncias y esas cosas, que sentía que lo hacía bien y que lo hacía sentir bien. Ah, siempre se jactaba -por cierto- de que le encantaba ser denunciado o demandado, porque es ahí donde él pone a prueba sus capacidades. Que sí, muchas veces pueden ser distintas a las que se adquieren en el aula.
Supuestamente su móvil -según él- es que padece de eso que los profesionales de Salud califican como Asperger, una de sus características es tener un interés específico u obsesión con algún tema, en su caso es conocer sobre el Aeródromo de Collique y vaya que me mostró su investigación y conocimientos, resultando ambos abrumadores. Aunque también me comentó que un cercano suyo le dijo que no es Asperger, sino TDAH. Ambas todavía siguen siendo un tabú y de terror para quien lo oye.
Un día le propuse -eso sí para fregarlo un rato- imagina que alguien viene y te dispara varias veces y por alguna extraña razón tú todavía resistes mientras la agonía se traza como la bisagra hacia la muerte, entonces ¿habrá valido la pena todo lo que has hecho? ¿qué pensarías en esos minutos o segundos últimos? Y me responde todo desafiante: “Estaría contento de arribar al infierno, porque jamás traicioné mis principios ni renuncié a mis ideales, pero qué importa si al final no sería más que uno del montón para ti, porque tus amigos, esos que siempre callaron en todos los idiomas frente a las injusticias y teniendo conocimientos superiores a los míos, nunca se atrevieron a hacer lo que hice. Siempre fueron tus héroes, tus referentes.”
Y antes que le pregunte por qué iría al infierno prosiguió: “Pero para qué ocultar que fui un absoluto pecador, porque en esa odisea privé de tiempo a mis seres queridos, en medio de un vórtice que se genera al enfrentar a la corrupción, lo que viene consumiendo gran parte de sus emociones y expectativas sobre mí. De qué me vale negarlo. Es igual que la soberbia, el problema no es tenerla, sino camuflarla con la falsa modestia. Al final, todo termina bajo una lección”.
Algo logró mostrarme, que hay dos muertes: la física que es inevitable y la moral que sí es evitable. La primera parece no importarle en lo absoluto y la segunda que es algo que con todo lo que hace, pretende salir victorioso. Porque nada puede frenar a un hombre convencido de sí y sus pensamientos convertidos en “hechos reales y tangibles” como dice él, así cueste la vida, paradójicamente.










